sábado, 7 de junio de 2014

Por la mítica Ruta 40 sur

Río Gallegos

Estrecho de Magallanes, desde la isla
La llegada fue uno de los tramos mas complicados de todo el viaje. Salir de Ushuaia con el frío del paso Garibaldi, ir con cuidado a la altura de Tolhuin porque se estaba corriendo la Vuelta de Tierra del Fuego, el viento de Río Grande, el ripio entre San Sebastián y Onaissin, esperar la balsa para cruzar al continente (y mira si hacía frío que teníamos los labios morados), y finalmente manejar de noche hasta Río Gallegos con la luz delantera que había quedado mal acomodada desde Río Grande a la ida, cuando tuve que reemplazar el foco porque se había quemado. Salimos de Ushuaia a las 10 de la mañana, llegamos a Gallegos a las 11 de la noche, pero lo bueno es que teníamos recibimiento al llegar, Gerardo nos estaba esperando.

Birritas artesanales con Gerardo
Gerardo es un músico (y profesor de música) que yo conocí algunos años atrás gracias a que él organizó un recital en Gallegos donde iba a tocar con su banda y nos invitó a Embodiment, una banda de death metal en la que yo estaba tocando en esas épocas, para que participáramos. El contacto se había perdido ya tanto tiempo después pero, mira si es chico el mundo, cuando pasamos por Gallegos camino a Laguna Azul, la chica que estaba trabajando en la oficina de turismo resultó ser la hermana de Gerardo. Increíblemente me reconoció y nos quedamos charlando un poco, me pasó su teléfono, el de Gerardo, a quien le tiré un mensaje para ver si podíamos encontrarnos, lo cual no pudo ser en ese momento por cuestiones de tiempos de cada uno, nosotros ya seguíamos viaje y él estaba trabajando, pero para la vuelta le escribí con mas antelación y no sólo nos pudimos encontrar sino que nos hicieron un lugar en su casa, él y su mujer Adriana.
Al fin y al cabo! Cabo Vírgenes
Íbamos a hacer una sola noche y seguir camino a El Calafate, pero nos tentaron con ir a Cabo Vírgenes, último recodo austral de la parte continental de Argentina, cuna de la ruta 40 y con una pingüinera bastante grande. Pero lo que nos convenció fue las empanadas de cordero que, según ellos, preparaban en ese lugar.
Finalmente el restaurante estaba cerrado, pero las tres horas que se tarda en hacer esos 140 kilómetros (sí, no es una ruta con pozos sino un pozo con ruta) valieron la pena para estar ahí, en ese cartel de Ruta 40 kilómetro 0, y ver la cantidad enorme de pingüinos que se te cruzan por delante con su graciosa torpeza para caminar y los desaforidos gritos que pegan, vaya uno a saber porqué. Biólogos, expláyense.

A la noche comilona en un restaurante de Gallegos y luego sí, al día siguiente con la moto lista y después de las gracias y los abrazos, salir hacia la cordillera. Con Gerardo quedamos en volver a encontrarnos, quizás cuando su banda vuelva a tocar en Buenos Aires, quizás en alguna visita incidental, como fue la nuestra, no se sabe, pero eso es lo que me encanta de tener buena gente desparramada por ahí, que no se sabe cuándo, pero el momento del reencuentro llega.

Ruta 40 kilómetro 0, Cabo Vírgenes


El Calafate

Todo el trayecto fue con bastante viento, pero como el camino estaba bueno y era recto, así que le metí a 120 o 130 Km/h en varias partes (en general vamos a 100 o 110), como lo acusó luego el consumo de la moto. Al entrar al pueblo encontramos un camping y nos instalamos, pero había algo raro, no sabía qué todavía. armamos la carpa, inflamos el colchón y me saqué el buzo porque me dio calor y, ¡eso! ¡al fin buen clima! Miré al cielo, celeste, el sol calentaba, no había viento, podíamos andar en remera! Después de tres semanas de viento, lluvia y nieve, el clima nos daba un respiro, creo que por eso El Calafate nos dejó tan buena impresión. Las cosas seguían siendo caras, como en todo el sur, pero estábamos contentos.

Una visita obligada, y sin duda uno de los lugares mas impresionantes que hemos visto, fue el glaciar Perito Moreno junto con todo el paisaje circundante. Tal vez por haber visto ya muchas fotos de este lugar, o lugares como éste, uno cree que sabe qué esperar, con qué se va a encontrar, pero la magnitud de la escena, el tamaño del glaciar, son cosas que se tienen que ver en primera persona.

El camino al glaciar es por sí mismo bastante pintoresco, trocando la monotonía que teníamos en la ruta provincial 5 hasta llegar a El Calafate por un camino de montaña que bordea un brazo del lago Argentino en el cual no es raro ver, al estar ya aproximándose al glaciar, enormes trozos de hielo flotando solitarios después de haberse desprendido de la masa de hielo.

Otra cosa que uno puede ver en este camino, para sorpresa de Ayelén, son cóndores. Mientras íbamos avanzando por el camino, divisé un pájaro gandote que volaba a unos 60 metros sobre nosotros, y, sin otras intenciones que desasnarme en el asunto, se lo señalé a Aye y le pregunté qué era.
Casi se tira de la moto, se paró en los pedalines y golpeándome el hombro me dijo que pare. Saltó cámara en mano y sin siquiera sacarse el casco corrió al borde del camino y empezó a fotografiar al avechucho (para mi la clasificación de las aves se divide en dos: pajarracos y avechuchos). No fue el último que vimos antes de irnos de ese lugar, ni tampoco, por suerte, en el resto del viaje.

Un kilómetro antes de llegar al glaciar uno ya puede apreciar su inmensidad, hay algunos miradores en el camino pero al ver la masa de hielo, lo último que uno quiere hacer es retrasar más la llegada. Estacionamos la moto, tomamos una de las combis que te acercan a las pasarelas, y caminamos hasta el primer balcón. No había demasiada gente, pero sí un número que en otra situación hubiera supuesto ruido, gritos, y todo tipo de molestias que la gente en grupo ocasiona, pero, sin embargo, eso no ocurría aquí, la gente estaba imbuida en un silencio contemplativo, llenándose los sentidos de todo eso, esa paz que era sólo interrumpida por algún esporádico desprendimiento de hielo que ahora sí, sacaba a los observadores de su ensueño, y entonces gritaban, comentaban, suspiraban, y volvían al silencio. Son estos lugares los que recargan las pilas y justifican los fríos, las lluvias y los vientos de viajar en moto. Son estos "llegares" los que justifican también las penurias futuras.



Aye socializando con los locales
No pasó mucho mas, de vuelta en el camping cruzamos palabras con algunos otros viajeros, dos yankis en unas XR 600 modificadas se habían venido desde Alaska, una familia chilena en un motorhome de lujo, decorado de forma que parecía el living de una casa antigua, y otra familia también en una casa rodante quienes venían desde Puerto Madryn. Siguiente parada, El Chaltén.


Y casi me olvido, en este punto, y lamentablemente por un breve recorrido, se nos sumó a la aventura Ruperto, un ajado oso de peluche que apareció cerca de la carpa, y alegremente nos acompañó hasta Bajo Caracoles.

¡Bienvenido a bordo Ruperto!


El Chaltén

Mientras bordeábamos el lago Viedma resaltaba en la cordillera una figura por sobre las demás, paramos un momento para mirarlo, muy lejos aún, pero no quería seguir sin dedicarle un instante. A medida que seguimos adelante nos dimos cuenta que la ruta doblaba e iba directamente a él, y que era ni mas ni menos que el cerro Fitz Roy. Ya estando cerca, y con un día despejado, se mostraba en toda su grandeza, con algunas paredes nevadas y secundado por el cerro Torre, tan cerca y tan altos los dos que el efecto visual es muy singular.

Cerro Fitz Roy
Camping nuevamente, otra vez la a esta altura rutina de desarmar y armar la carpa, inflar colchón, desenrollar las bolsas de dormir y acomodar el resto de los petates. Ya el tiempo nos presionaba un poco porque Ayelén tenía un vuelo desde Bariloche a Buenos Aires con fecha fijada, por eso debíamos llegar para ese día. Dicho esto, no le dedicamos a El Chaltén todo el tiempo que hubiésemos querido, sólo dos días, en los que fuimos hasta el lago del desierto y la laguna y el glaciar Huemul, lugares increíbles. Quedó mucho sendero pendiente, pero eso siempre es buena excusa para volver.

Camino al Lago del Desierto

Vista de la laguna Huemul, desde el glaciar Huemul



Bajo Caracoles

Éste es un lugar obligado para todo viajero en moto, porque es un punto en el medio de la nada donde uno puede cargar combustible, sino difícilmente llegas a cubrir los 350 kilómetros que separan Perito Moreno de Gobernador Gregores. Literalmente, Bajo Caracoles son 5 casas, un hostel, un camping y un hotel, además de los antedichos surtidores de nafta, que vale mencionar son bastante pintorescos porque tienen mil calcomanías de cada aventurero que pasa por el lugar. Llegamos a eso de las 8 de la noche, por lo que no hubo mucho que discutir, nos quedábamos a pasar la noche ahí. El tema es que tanto el hostel como el camping estaban cerrados, y la única opción era el hotel, que no era de lo mas barato, $400 la habitación doble.

La mañana siguiente se mostró cubierta de nieve, pero mas sorprendente fue que al preguntarle al encargado de la cafetería del hotel si eso era frecuente, nos diga que no, que allí no nieva nunca. Indudablemente el clima se había empecinado en hacernos sufrir, y nosotros nos encabronamos más en seguir nuestra aventura. Fue ahí cuando nos acordamos del pobre Ruperto! Nuestro acompañante de felpa quien se nos sumara en El Calafate había quedado a la intemperie, sobre una de las cajas laterales de la moto, pero al ir a buscarlo, no estaba. No estamos muy seguros de si ese oso tenía vida propia y nos usó para viajar hasta allí y luego seguir su camino por otro lado, o, lo mas probable, se lo quedó el encargado de la cafetería, quien sonaba ligeramente sospechoso cuando decía que no había visto ningún oso.

¡Hasta siempre Ruperto!
Viendo que no paraba de nevar, a eso de las diez y media de la mañana montamos nuevamente sobre la moto y salimos buscando la claridad del cielo que se veía adelante. Mirando hacia atrás, el cielo cerrado y pesado auguraba nieve para al menos unas horas mas. Fueron sólo unos kilómetros más, hasta que dejamos atrás la nieve, pero el frío siguió con nosotros todo el recorrido hasta Gobernador Costa.




Gobernador Costa

Otra vez, parada obligada por las distancias y la noche. Encontramos un hospedaje relativamente económico, pizza casera y estacionamiento para la moto, no necesitábamos más.


El Bolsón

¡Hace frío! Llegando a Esquel
El destino original para ese día era Esquel, y de hecho allí llegamos y comimos al medio día. La entrada fue, aunque muy fría, hermosa, porque la misma nevada que nos agarró en Bajo Caracoles fue la primera nevada fuerte ahí, y estaba no sólo el cerro lindante a Esquel sino todo el campo en los alrededores cubiertos de un manto blanco. Como dije, éste era el destino planificado para ese día, pero el clima ya había mejorado y estábamos cerca de El Bolsón, donde nos estaba esperando mi viejo (él vive ahí, al pie del Piltriquitrón), de manera que para no arriesgarnos a llegar con lluvia -ya habíamos tenido suficiente mal clima- seguimos adelante.
El camino es impresionante, ya llegando a Esquel la ruta cambia la monotonía del desierto patagónico por montañas, curvas y algunos árboles que ya cerca de Epuyen son bosques y valles verdes con salientes de piedra y miradores, imposible no parar y sacar algunas fotos.

Ya en El Bolsón hice memoria par allegar a la casa de mi papá, que está en realidad en la comuna Golondrinas y si no conoces el lugar es complicado llegar por la poca (nula) señalización de calles. Pero lo hicimos y ahí nos encontramos con mi viejo, Eduardo, su mujer Nerina y sus tres hermosas perritas, Belcha, Shuri y la Popi. Y fue, lejos, la parada mas larga de todo el viaje, en total nos quedamos un mes abusando la hospitalidad de mi padre, aunque él estaba contento cada vez que le decíamos, "bueno, quizás nos quedemos unos días mas".


La razón de esto es que Abril iba a ser el último mes de trabajo para mí, al menos con la empresa en la que estaba en ese momento, entonces para aprovecharlo al máximo y facturar un poco mas, que viajar no es gratis, decidí trabajar a tiempo completo todo ese mes. Definitivamente valió la pena, hacía tiempo que no convivía tanto con mi viejo, y nos dio tiempo inclusive a dejar los cimientos de una deck de madera que va a añadir a su casa, ya veremos cómo la termina.


Llegando al Cajón del Azul
De camino al Cajón del Azul nos mataron a Jorge, un hermoso perro "manto negro" que encontramos al inicio del sendero y nos acompañó hasta el refugio del Cajón. Aparentemente Jorge, así lo bautizamos, había matado ya un par de ovejas del dueño del refugio y éste, con dos tiros de calibre 22 a quemarropa, le pasó factura.
R.I.P. Jorge
No hubo mucho que pudiéramos haber hecho, se la tenía jurada, pero me quedó un dejo de culpa, pobre Jorge, fue hasta ahí con nosotros, se quedó echado en la puerta como esperándonos, y yo vi con normalidad cómo este tipo salía con el rifle, aunque no supe bien para qué hasta que su colaborador, en el interior del refugio, nos dijo que sí, que seguramente salió a matar al perro. Acto seguido, un disparo, y un flaco que dice que por el sonido eso era aire comprimido, no disparos de verdad, salgo y veo el rifle a metro y medio del perro, moribundo en el piso, mirando con dificultad a su verdugo, y éste que lo remata con un segundo tiro en la cabeza. Me quedé helado, no sabía que hacer... no era mi perro pero a la vez, si sos como yo, le agarras enseguida cariño a esos perros independientes, alegres, inteligentes, que se te acercan y es como si hubiera estado con vos toda la vida... y ahora por seguirnos a nosotros, se habían terminado sus aventuras, su alegría y su libertad.
Nacimiento del cajón
Volví a entrar, casi pálido, era un poco tarde para seguir caminando pero tal vez llegáramos con luz hasta el próximo refugio montaña arriba. Cuando Aye me preguntó qué me pasaba y le dije que habían matado al perro, no hubo dudas, nos vamos. Al día siguiente, habiendo hecho noche en el refugio El Retamal, le hicimos una pequeña pila de piedras en su memoria en el Paso de los vientos.

Otro recorrido, aunque frustrado, fue el del parque Los Alerces. Frustrado porque pensábamos acampar unos días ahí y tomarnos unos días para recorrer los senderos del lago Futalaufquen y del lago Verde, pero lamentablemente, cada 70 años (si, 70) florece la caña de coihue, y hay superpoblación de ratones, por lo que cierran el parque por peligro de Hanta virus. Así es que no, no pudimos ver mucho mas que lo que se ve del camino, y después de vuelta a la casa de mi progenitor, solo por unos pocos días mas.

Parque nacional Los Alerces

La moto merecía ya una revisión por alguien que entienda un poco más que lo básico que yo sé de ella, especialmente por ese tema del consumo de aceite que mencioné antes, que era bastante parejo pero a mi me parecía excesivo: medio litro cada 1000 Km. Hablé con Fabián, amigo de La Plata y que sabe del asunto, y me dijo que podía estar baja de aros e incluso me averiguó el precio de los nuevos. Pero el mecánico que conseguimos en El Bolsón, y que me inspiró mucha confianza, me dijo que la moto estaba de 10, que averigüe bien por ese tema porque muchos vehículos tienen un consumo normal de aceite, y que mientras se mantenga parejo no debería haber mayor inconveniente que llevar una botella y recargarle cada tanto. Y así fue, un poco de googleo y consultas en foros de transalperos y resulta que mi viejita pero buenita está en un rango saludable de consumo. Algunos ajustes mínimos y una buena limpieza y quedó mas linda que nunca! Lista para seguir devorando kilómetros.

Fue un tiempo de comer mucho y hacer poco, pero el confort tenía que terminar al tiempo que nosotros teníamos que seguir, a esta aventura todavía le quedaba mucho por delante.




Villa La Angostura

El camino de El Bolsón hasta acá sigue siempre increíble, verde y entre lagos, pero cobra especial esplendor cuando llegando a la villa se bordea un brazo del lago Nahuel Huapi, y eso que estaba nublado cuando llegamos! Una vez mas paramos para preguntar por campings y terminamos parando en el camping municipal del lago Correntoso, que aunque estaba cerrado, es decir sin servicios, era un hermoso lugar para parar.
Lo único en contra, el frío, mucho frío. Pero, habiendo aprendido del sufrimiento mas al sur, esta vez veníamos equipados con dos aislantes y una manta polar que cubría todo el colchón. Fue la prueba de fuego, si esto no funcionaba, entonces no valía la pena seguir acampando al menos hasta estar mas al norte, pero funcionó, hasta te diría que dormimos calentitos, cuando afuera hacía una rosca importantísima. 

Nos quedamos tranquilos, al menos el frío y la lluvia ya no iban a ser obstáculos para acampar.

Dos días ahí y la extensa planificación del viaje dictaba unos días en el camino de los siete lagos, pero como el clima estaba feo decidimos que ni valía la pena, es mejor verlo en otra época que sufrirlo por capricho. Había llegado la hora de cruzar la frontera nuevamente, de cruzar la cordillera por tercera vez en el viaje, de ir a tierras chilenas de nuevo.




miércoles, 4 de junio de 2014

Ruta 3 - Última parte

Tierra del Fuego


Rio Grande

El desembarco
La intención era llegar de un tirón hasta Ushuaia y quedarme trabajando ahí los 3 días que había arreglado en mi trabajo, pero las 3 horas que perdimos en la frontera con Chile y lo que demoramos en recorrer el poco menos que mediocre ripio hasta San Sebastián nos obligaron a hacer noche en Rio Grande, y eso significaba quedarme a trabajar esos 3 días ahí. Al llegar íbamos a conocer a un personaje que nos salvó las papas en Ushuaia, Gabriel, quien se acercó a hablarme cuando me bajaba de la moto en la YPF y que nos guió en una recorrida nocturna por la ciudad en busca de un alojamiento cuando supo que estabamos recién llegados y sin lugar para pasar la noche. Fue la primera vez que nos dio una mano, pero no la última.

Vista de Rio Grande desde el hotel
Campings no habían, hostels al parecer tampoco, asique no quedaba otra que gastar unos billetes en un hotel. Preguntamos como en 5 o 6 y resultó que, por ser fi de semana, enganchamos una promocion en el hotel mas caro, el Status. Cama king size, tele de 49 pulgadas, hidromasajes, un desayuno que fue casi un almuerzo y además lugar para la moto. Ya iba a haber tiempo para buscar algo mas a la medida de nuestro presupuesto, ahora a disfrutarlo.

Antes de seguir camino a Ushuaia, se puso en contacto conmigo Pato, un amigo rosarino que otrora viviera en la plata y que conozco gracias a la música, él es cantante. Pasamos por su local de venta de camisetas de futbol y despues de eso nos invitó a comer en lo de sus abuelos, gente genieal. Despues de unas birras y un par de whiskylines, nos llevó de vuelta a nuestra humilde morada acampando en el patio de un hostal.

El ripio del lado chileno de la isla
La salida de la ciudad fue con un viento tal que estuvimos a punto de cancelar. Por suerte no duró mucho, solo unos 20 kilometros hasta que una curva puso el viendo a nuestras espaldas y luego el camino que se empiza a meter entre los árboles nos cubrió un poco. Despues nos enteramos que ese día, mas tarde, una pareja de maestros se mató cuando el viento empujó su auto hacia el otro carril, para dar de frente con una camioneta. El viento ahí no es joda.


Tolhuin

La única referencia de Tolhuin que teníamos era la famosa Panadería y que podíamos acampar en el lago Fagnano. Al llegar a la entrada del pueblo estabamos muertos de frio asi que despues de parar a calentarnos un poco en la estación de servicio encontramos una oficina de turismo y preguntamos por campings. Nos recomendaron el Hain, y la verdad fue una buena opción.

Ubicado en la cabecera del lago Fagnano, el Hain es un camping que tiene un aspecto bastante singular. No es por las montañas circundantes ni el oleaje incesante del lago, ambas cosas de hecho muy particulares, pero lo que hace al Hain diferente es la cantidad de obras de arte que lo habitan, todas creaciones de Roberto. Resulta que el tipo es uno de esos que dicen que nada se tira, todo se recicla, y que además lo pone en práctica. Basta con ver su taller para darse cuenta que absolutamente todo está ahí esperando su momento, ser utilizado en algún cartel, decorado, u obra de ingeniería como por ejemplo medir la velocidad del viento.

Armamos la carpa y rápidamente nos metimos al refugio, el único lugar con calefacción. Roberto aparecía y se iba tan rápido como vino, siempre ocupado en algo, siempre con una sonrisa, llegaba con leña cortada, te hacía tres preguntas, te contaba dos historias y se iba, para volver al rato a controlar el fuego y lo mismo, un breve diálogo, algunas recomendaciones, y desaparecía. El refugio estaba decorado con un sinfin de leños con mensajes de aquellos que pasaron por el lugar, en auto, moto, bicicleta o caminando, de Córdoba, Jujuy, Bélgica o Canadá, los maderos le dan al lugar un ambiente único. Por supuesto, dejamos el nuestro. 

Las noches fueron frias, pero todavía nos arreglábamos bien sólo con el colchón y las bolsas de dormir, cosa que cambiaría en Ushuaia.



Ushuaia

El camino se estaba poniendo genial, empezábamos a ver montañas y bosque, el inconveniente era el frío. Aún no tenía las mangas cubre puños, las compré a los días de llegar a Ushuaia, por lo que mis manos venían sufriendo mucho. Y cuando digo mucho es mucho. De ahí en mas medía el frío de la siguiente manera: si podía mover los dedos sin problemas, no estaba muy frío; si dolían pero aún había movilidad satisfactoria, estaba poniéndose peludo; cuando podía moverlos lentamente y ardían ya estaba bien frío y cuando dejaba de sentirlos mejor parar. Ese fue el caso, y a unos 40 Km. de Tolhuin paramos para calentar un poco las manos y el cuerpo si podíamos, caminando de un lado para el otro. A la hora de arrancar de nuevo, la moto pensaba distinto. No arrancaba, parecía no tener batería y al mirar la luz delantera pude constatar que era así, pero cómo podía ser si la batería estaba nueva y no habíamos tenido ningún problema? A pocos metros nuestros había un grupo de gente en moto y cuatri haciendo la hoja de ruta de la Vuelta a Tierra del Fuego, una competencia anual de rally que ocupa al 90% de la gente se dedica a motos por esos lares. Me empujaron, arranqué la moto y seguimos adelante. Llegando al paso Garibaldi, el cruce de la cordillera que hay que hacer para llegar a Ushuaia, la moto empezó a fallar, se quedaba en un cilindro, arrancaba bien de nuevo, fallaba de nuevo... muy raro. Pero si hacía frío antes, más todavía ahora en la parte mas alta de la montaña; parar no era una opción. En seguida era todo bajada, curva y contra curva y la moto andando en un solo cilindro, a 40 Km/h pero sin mucho tráfico por lo que no era tan peligroso. Mientras tanto, yo haciéndome la cabeza, qué podía ser? El cuenta vueltas faltaba por momento, listo! es un CDI pensaba, ya me había pasado antes que se había arruinado uno y fallaba de la misma manera la moto, lo raro era que esta vez era inconstante, por momentos arrancaba bien, luego no.

Gabriel, Melissa y nuestra eterna gratitud
Pero también el orgullo me obligaba a seguir, quería llegar a Ushuaia, de eso se trataba, de llegar al fin del mundo en moto, no en un remolque, quería y tenía que seguir, después de todo no podía faltar mucho para llegar, quizás unos 20 kilómetros, 30 a lo mucho. El frío y la moto decían lo contrario y terminó ganando la razón al orgullo, y cuando pasamos delante de Haruwen, un refugio/restaurante a la vera de la ruta, paramos para ver si podíamos pedir el auxilio mecánico. Estaba convencido que era el CDI y eso no tiene arreglo, así que no había otra opción. Nos sentamos, pedimos comida e intentamos llamar al remolque pero la señal de teléfono era poca y se cortaba siempre, pasaba lo mismo con el teléfono del lugar, entonces nos acordamos de ese loco buena onda que en Rio Grande nos había dado una mano y su teléfono, y le mandamos un mensaje explicándole lo que nos pasaba y pidiéndole que llame él al remolque. Y no sólo hizo eso, sino que también nos fue a buscar. Llegó al mismo tiempo que el camión, venía con Melisa su novia, y hasta nos habían guardado porciones de pizza por si teníamos hambre. Aye se fue en el auto con ellos y yo en el camión con la moto. 
Mientras nos acercábamos a la ciudad y veía por la ventana cómo los paisajes se presentaban imponentes, tenía casi ganas de llorar por no haber podido lograr la meta, por haberme quedado a 20 kilómetros de la llegada después de tanto viaje, y al mismo tiempo pensaba que por el contrario, menos mal que la moto nos dejó ahí cerca de una ciudad grande donde era mas probable que pudiera conseguir repuestos y arreglarla.

Fuimos derecho a la casa de Gabriel, bajamos la moto y como era domingo, ahí quedó hasta el otro día. También nos permitieron, como si no hubieran hecho suficiente ya, dejar nuestras maletas y mochilas en su casa y hasta incluso nos acompañaron al centro a buscar un hostel para esa noche. Es cierto que estaban de vacaciones y tenían tiempo para hacerlo, pero esa generosidad no se ve todos los días.

Alejandro nos acercó también a esta caminata,
hacia la laguna esmeralda
El lunes nos enteramos que había un taller oficial de Honda en la ciudad, y dije listo, estos tipos la van a arreglar enseguida. Nada mas lejos de la realidad. No voy a entrar en detalles, pero esa gente no tenía idea de lo que estaban haciendo, me hicieron gastar tiempo y dinero en cosas que no tenían nada que ver con el problema, me hicieron reemplazar una parte original de la moto por una reparada cuando no tenía nada que ver, y para encontrar realmente el problema tuve que explicarles cómo usar un tester (yo, que no tengo ni idea), y cuando al fin supimos que el problema era el regulador de voltaje, tuve que conseguir una moto igual a la mía para probar fehacientemente que con otro regulador de voltaje mi batería cargaba bien. Así conocimos a Alejandro, un transalpero de alma que tenía también una TA '89 y que, sin objesión aceptó prestarse para el experimento, "eso sí" dijo, "me vas a tener que esperar una media hora porque ahora no puedo". Pero sí maestro, me estas salvando las papas y encima te vas a acercar al taller con la moto, ¡tomate dos horas si querés!

Camino al glaciar Martial
Repuestos no conseguíamos ni en Ushuaia ni en Río Grande, ni siquiera en Punta Arenas, por lo que hubo que encargarlo a Buenos Aires, enviarlo vía aérea y esperarlo un par de días. A todo esto ya había pasado mas de una semana y el presupuesto en alojamiento se nos estaba yendo de las manos parando en Hostel, así que preguntamos qué campings habían y fuimos a parar al "Pista del Andino". El clima no nos había acompañado en esos días, nevó y llovió y el suelo del camping estaba bien húmedo, con lo cual la noche iba a estar brava. A las 3 de la mañana me desperté temblando, el colchón de aire era un hielo y las bolsas de dormir, aunque son buenas, no alcanzaban a calentarse en la parte inferior. Estaba durmiendo de costado y mi parte derecha estaba helada, la izquierda calentita, pero al darme vuelta me enfrié del todo y no había mas solución, me vestí y me fui a caminar para levantar temperatura. El camping tiene un refugio pero la calefacción a leña estaba apagada, así que tuve que conformarme con la caminata y meterme a la carpa de nuevo, para despertarme a la hora en la misma situación y Aye, que tenía frío hasta en Las Grutas, estaba tiritando al punto de que cuando dejaba de hacerlo pensé que se moría. Bueno, no tanto, pero fue una noche terrible, y al día siguiente nos pasamos a una casilla rodante con colchas y un caloventor, donde pasamos la segunda semana en Ushuaia. No es que nos considere unos cobardes, pero algunas personas seguían insistentemente acampando a pesar del frío, algunos por masoquista opción, otros por obligación. Tal era el caso de Juan.

Nuestro hogar durante la segunda semana
Nos cruzamos con él en el refugio del camping y resulta que era oriundo de nuestros pagos, de Ensenada, pegado a La Plata, pero su historia de viaje había empezado en Neuquén, ciudad en la que cayó a visitar un amigo después de haberse separado de su novia. Desde ahí, se propuso llegar haciendo dedo a San Martin de los Andes. Casi sin dinero, se pensó hambriento y haraposo al momento de llegar, pero cuando comprobó que eso no sucedió, fue un poco mas lejos, Bariloche, El Bolsón, Los Antiguos, El Chalten, y así hasta que ya no pudo seguir mas, no por acabársele el dinero o las ganas, sino que se le acabó el camino cuando llegó a Ushuaia. Ya no había mas sur, entonces Juan juntó dinero haciendo unas changas, se compró un pasaje de vuelta a Buenos Aires, pero juraba que su viaje iba a seguir, que iba a juntar plata para viajar esta vez hacia el norte. Cuando dejamos el camping era de los pocos valientes que, ya en abril, seguía acampando.

Gandalf style, desde el glaciar Martial
Hasta que un día el repuesto llegó, lo fuimos a buscar a la oficina del transportista y de ahí al taller. Iba con la idea de colocarlo yo, no quería que toquen mas mi moto esos inútiles, pero al mismo tiempo, pensaba, no había margen de error, era conectar 2 cables y ajustar 2 tuercas, literalmente, por lo tanto lo dejé en sus manos. Y fue así que coronaron la estupidez de todo su accionar rompiendo el repuesto nuevo antes incluso de poner en marcha la moto!! Al ajustar las tuercas el tipo éste mordió los cables contra el cuadro y los puso en corto. Una pavada, cinta aisladora y listo, pero yo no  podía creer la obstinada inutilidad de la gente de ese taller, con un jefe que no servía ni para chamullar una excusa adecuada, y con operarios que lo único que podían hacer es cambio de aceite, y hasta ahí nomas. Les dije, con toda correctitud y educación, lo inútiles que eran, el tiempo y la guita que me hicieron perder y les dejé una queja formal en el libro a ese fin. ¿Para qué? No tengo ni idea, no creo que sirva para nada pero al menos me desahogaba un poco.

En el transcurso de esos días le compramos a la moto un cobertor y las mangas cubre-puños, lo único que quedaba era cambiarle la cubierta trasera, cosa que pensaba hacer en Punta Arenas de camino a Torres del Paine, pero dado el tiempo que habíamos perdido ya, tuvimos que dejar todo eso de lado, comprar la cubierta en Ushuaia y, luego de una breve visita al parque nacional y la bahía de Lapataia con la foto obligada en el cartel de fin del mundo en uno de los dos días que el tiempo se mostró soleado (sí, en dos semanas sólo dos días de sol, y parcialmente), aprovechamos una mañana de domingo mas o menos soleada y nos fuimos ya de esa ciudad.

Ruta 3 - Parte 2

El Volcán


Laguna Azul

Fue el primer susto importante del viaje, creo que el mas grande, sin duda hasta ese momento al menos. Casi tiro la moto al volcán.

Ya vamos llegando!
Pensábamos acampar en Río Gallegos, pero al llegar, al igual que en Puerto San Julián, nos recomendaron seguir un poco mas adelante ya que no nos sabían dar la dirección de ningún camping en Gallegos y había un lugar a 60 Km que valía la pena conocer. Entonces sin pensarlo mucho, y después de mandarnos una buena hamburguesa con papas fritas (la comida saludable no es nuestro fuerte en el viaje... ni lo era antes, la verdad), fuimos hasta la Laguna Azul. Cinco kilómetros antes de la primera frontera con Chile, la segunda es ya en la isla de Tierra del Fuego, hay una salida que en poco mas de mil metros te lleva a una parada que merece la pena hacerse, una pequeña laguna en la boca de un volcán inactivo. El camino desemboca en un estacionamiento delimitado con troncos, y caminando unos 20 metros llega uno al borde de la ladera interna del volcán, hacia abajo a unos 100 metros la laguna. Bastante gente pasa dada la cercanía con la ruta 3 y el fácil acceso, de lo que no habían rastros era de un lugar para acampar.

La laguna, desde arriba
En Gallegos nos pasaron el dato de que se podía pasar la noche allí, pero la verdad no veíamos cómo ni dónde. Como no podíamos seguir porque no íbamos a hacer tiempo de llegar a ningún poblado para parar, consideramos pegar la vuelta hasta Río Gallegos, pero tampoco nos convencía esa idea, así que la decisión fue esperar a que todo el mundo se fuera y entonces armar nuestra carpa allá abajo, al lado de la laguna, en una playita verde que se veía protegida del viento. Llegar hasta allá no era tan trivial, había que pasar 2 alambrados y sobreponerse a la tierra suelta de la ladera del cerro, cosa que se complicaba mas aún estando cargados con la carpa, el baúl de la moto y las mochilas.

Quedaba un detalle que me incomodaba, la moto en el estacionamiento. Eran dos los problemas en realidad, uno, que la moto estaba muy lejos de nosotros y no podíamos verla ni íbamos a escuchar nada si alguien se acercaba hasta ahí, cosa improbable dado que este paraje está en el medio de la nada y es, como ya dije, un lugar de paso y nada más, pero aún así no quería dejarla tan sola. El segundo tema era que, dando por hecho que ningún caco nocturno iba a acercarse a la moto, gendarmería nacional estaba a tres kilómetros y yo tenía la idea de que si se acercaban a hacer algún control en la noche (por ejemplo asegurarse que nadie se quede en el lugar), iban a ver la moto en el estacionamiento por lo tanto iban a saber que había alguien ahí y nos iban a correr. Todo esto también muy improbable, pero me dejaba intranquilo. Así que con mucha resolución decidí dejar la moto lo mas cerca que pudiera de nuestro camping, en un lugar que, por la geografía del lugar, quedaba oculta para cualquiera que se acercase al estacionamiento.

Pasé la moto por un paso peatonal, siguiendo un camino que bordeaba, por unos 50 metros, los límites del volcán, hasta llegar a un lugar donde el camino se desvanecía y quedaba cortado por el primer alambrado. Ahí pensaba dejar la moto, pero quedó con una leve pendiente hacia adelante y, cargada con las valijas laterales era un poco pesada para empujarla sólo hacia atrás. Aye estaba abajo, armando el campamento en la playa y me daba cosa hacerla subir hasta donde yo estaba para pedirle encima que empuje la moto. Entonces lo más lógico fue para mi maniobrar hasta que la moto quedara apuntando en dirección contraria, y en pendiente positiva, cosa de poder salir a la mañana siguiente sin problemas. Me es difícil poner en palabras cómo sucedió exactamente, y menos aún mi desesperación creciente durante el proceso, pero el resultado es que, gracias a unas cubiertas gastadas, suelo de tierra suelta, moto cargada, y un boludo al volante, quedé en una posición donde la moto estaba con la rueda trasera a 80 cm del abismo, y si no mantenía los frenos apretados, por la pendiente se iba hacia la laguna, y probablemente yo con ella. Yo estaba incrédulo de cómo había llegado a esa posición y mil cosas me pasaron por la cabeza, ya veía la moto en la laguna y yo tratando de explicar cómo sucedió, cómo había arruinado nuestro viaje (ni hablar de la laguna) y perdido la moto a dos semanas de arrancar. ¡Y habiendo tirado la moto a un volcán! No me la habrían robado, ni chocado, no, el tipo iba a perder la moto por tirarla a un volcán. Pero basta de pensar en eso, tenía que sacar la moto, el corazón acelerado, todavía tenía la esperanza de poder sacarla a campo traviesa por la ladera del cerro que aún continuaba un poco más antes de volverse la planicie que reina el paisaje circundante. Puse primera y le metí... y la moto no salió pero al menos ya no corría peligro de caer, porque la rueda trasera se enterró y así quedó, paradita y yo al lado, rascándome la cabeza respirando un poco mas tranquilo pero aún sin saber como changos iba a subsanar la situación. Y para emporar las cosas, ya se hacía de noche.

Habíamos esperado a que todo el mundo se vaya del lugar para que no nos vean acampar, pero se nos había pasado por alto un pequeño grupo y entonces pasó una de esas cosas que son atribuibles a la deidad o la suerte, talismanes o karma, según la preferencia espiritual de cada uno. Sucedió que en el mismo momento que enterraba yo la moto, este grupo de dos chicas y tres muchachos subían hacia la salida, pero de los al menos 10 senderos que hay para salir, iban justo por el que estaba a un metro de mí. Descargué la moto (las maletas laterales) y sacamos la rueda del pozo, luego con la moto en primera me ayudaron empujándola y, presto! Tres metros mas adelante el suelo era firme, horizontal y el mundo me sonreía nuevamente. Les agradecí mil veces y bajé con las maletas como pude en la oscuridad, al llegar a la carpa Aye no entendía porqué estaba yo todo sudado, pálido y casi temblando, ella había visto unas maniobras locas desde abajo pero por la distancia no sabía qué había pasado. De a poco me fui calmando, pero lo que nunca volvió fue el apetito, así que nos acostamos sin más.

Al día siguiente, desayuno (sopa) y a levantar campamento que nos esperaba un largo tramo, íbamos a llegar hasta Ushuaia... o lo hubiéramos hecho de no ser por las tres horas que perdimos en la frontera. A la hora de esperar, vimos sumarse a la cola de gente a los ingleses de la BMW. Seguíamos un paso adelante.



Ruta 3 - Parte 1

De La Plata a Piedrabuena


La Plata

Tuvimos que salir tarde porque el cielo amenazaba con lluvia. El tiempo pasaba y las ansias de arrancar de una buena vez contrastaban con la idea de hacerlo bajo el agua, así que hubo que esperar hasta que, cerca del mediodía, cargados de coraje y decididos a no retrasar mas el viaje, cargamos la moto por primera vez y salimos a la ruta.
Los primeros 100 Km. estuvieron bien, con el cielo cubierto pero con buena temperatura íbamos por la ruta 36 con rumbo a Costa del Este pero teniendo como primera parada, para cargar combustible, Pipinas. 


Partimos sin las camperas puestas pero ya antes de llegar a la primera parada técnica nos detuvimos a mirar el horizonte que nos esperaba, una pared de nubes negras y la ruta que iba directo al corazón de la tormenta. Llegamos a Pipinas, cargamos nafta y, si bien lo pensamos un poco, no podíamos achicarnos a 100 Km. de haber salido, así que compramos unas bolsas de consorcio, cubrimos las mochilas que iban sobre las maletas laterales, y allá fuimos derecho hacia el agua, que por suerte no duró mucho pero alcanzó para empaparnos. El sol y el aire cálido (ese que no iba a abundar de ahí en adelante) después de la tormenta se encargaron de secarnos antes de nuestra próxima parada, Costa del Este.



Costa del Este

Mi hermano vive en Costa desde hace un tiempo y la decisión de pasar por ahí fue casi de ultimo minuto. En realidad no habían muchas razones para pasar por ahí pero servía como prueba para la moto, yo conocía la ruta e inclusive ya la habíamos hecho con Ayelén, pero nunca cargados así como íbamos, así que ademas de pasar a saludarlos, íbamos a ver qué tal el viaje.

Sin mayores novedades llegamos y nos recibieron Zulma y José, suegros de mi hermano, y un rato después aparecieron Pablo y Rita, así que tuvimos un buen rato para ponernos al día y contarles sobre este breve primer tramo que habíamos hecho. A la noche aprovechamos que mi prima estaba en esos pagos también y entra pizzas caseras y cervezas, devuelta a contar todo, pero ésta vez sin tanto énfasis y emoción porque el cansancio y el alcohol nos empujaron a la cama temprano.

A Mar del Plata, después del chaparrón
Cerca de las 10 de la mañana nos despedimos y salimos rumbo a Mar del Plata bajo un cielo que prometía agua, y que no tardaría en cumplir su promesa. Cargando nafta en Mar de ajó se apuró a empaparnos y tuvimos que esperar una hora hasta que pudimos salir de nuevo. Parecía una broma, en todas direcciones se veía el cielo despejado, pero arriba nuestro una nube. No perdimos mas tiempo y salimos, y sí, nuevamente un chaparrón con un poco mas de viento nos iba a castigar en el camino,  pero lo íbamos a dejar atrás bastante rápido. Por suerte la lluvia duró poco y al llegar a Mar del Plata ya estábamos nuevamente en condiciones (mas o menos) presentables.


Mar del Plata

Llevaba mas de 20 años sin ver a mi a padrino, el "Tio Bigotes", quien de un tiempo a esta parte había puesto mucho empeño en volver a encontrarse conmigo y mi familia, lamentablemente sin muchos resultados. Ésta vez ya habíamos estado haciendo los arreglos para encontrarnos en su departamento donde estaba pasando unos días de vacaciones junto a Vivi, su mujer, y su suegro, pero como yo tenía todavía que atender unas cosas del trabajo, pasamos primero por lo de Matias, amigo de los buenos y colega, para poder conectarme a internet desde su casa. Resuelto ese asunto, y luego de cruzar unas palabras y recibir concejos sobre lugares a visitar en el camino, sobre todo en Perú, por parte del padre de Mati, fuimos al esperado encuentro con mi tío.

Alegre, charlatán, con mil historias interrumpidas por chistes, así lo encontré al Tío Bigotes. Físicamente estaba igual que como lo recordaba, bueno, con 20 años mas encima, pero era él. Fueron 3 días en su departamento, entre que recorrimos un poco, me hice algún tiempo para trabajar y resolvimos el primer inconveniente del viaje: se trabó el tambor de contacto de la moto, osea que no arrancaba. Lo bueno de todo esto, como de los (pocos) problemas que se sucederían mas adelante, es que aprendí mas de la moto, de cada parte y de sus detalles y, puntualmente en este caso, a como usar la moto sin necesitar la llave.

Fallamos en encontrar un bidón de combustible (tenía miedo de las distancias que nos esperaban mas al sur) y también en sacarnos una foto con mi querido tío y con Vivi. Soy medio pavo para esas cosas a veces, no me doy cuenta y pasa el momento y no me queda ni una foto de algunos momentos. En fin, hablando después por mensajes nos prometimos un re-reencuentro en Cochabamba donde nos íbamos a sacar la foto. Próximo destino, Bahía Blanca.


Bahía Blanca

De un viaje anterior me había quedado la idea de un hostel en esta ciudad, hasta donde sé el único que hay, así que cuando estabamos ya cerca del centro rumbeamos hacia allá. Cerca de la entrada, todos de negro, metaleros de pura cepa estaban aglutinados en la puerta del hostel que también funcionaba como bar, y es que esa noche tocaba Tren Loco justo al lado.

Una cosa buena de este lugar es que tiene cochera, y por $30 podíamos dejar la moto toda la noche, hasta acá todo bien. El asunto fue que cuando entré la moto al garage, los de Tren Loco y sus secuaces estaban escabiando a dos pasos de la moto e iban a hacer un asado. Y todo bien, pero yo sé cómo se pueden poner algunos después de unos cuantos fernet/vinos/birras, y no quería que mi moto sufriera consecuencia alguno, al menos no recién empezando el viaje. Nos fuimos a buscar otra cochera y terminamos encontrando un hotel que nos dejaba entrar la moto y costaba lo mismo que el hostel + cochera, por lo que volvimos a buscar nuestras cosas al hostel sólo para encontrarnos con que efectivamente, los de Tren Loco ya habían perdido la llave de la cochera, con que había cualquier persona entrando y saliendo y con acceso al espacio donde nuestras cosas estaban, y con la mala onda de la gente que, habiendo visto estas cosas, no nos quisieron devolver el dinero.

Una noche para el olvido.


Las Grutas

No hay mucho para contar, salvo que fue la primera noche de camping. Sucedió, como pasa tantas veces, y como nos pasó al cargar la moto por primera vez, que la improvisación se volvió la norma y hasta el día de hoy seguimos organizando las cosas de (casi) la misma manera dentro de la carpa. Primera compra en La Anónima, caminata por la singular geografía de la costa grutense, sanguches de salame y a dormir.


Puerto Madryn

Segunda estadía obligada de un par de días por mi trabajo, y primer intento de hacerlo desde un camping. Fracaso absoluto. La conexión Wi-Fi era mala y la señal de teléfono también, por lo que no podía utilizar ninguna para trabajar. Después de intentar en un par de lugares, terminé en el "safe heaven" de una YPF mientras Aye se iba a caminar la playa un rato y sacar fotos de sus amadas aves, pajarracos y avechuchos. Pero la incomodidad de la situación nos hizo movernos al hostel Jiuliana, y la verdad fue una buena decisión, no es el más económico de la ciudad, pero sin duda es muy bueno en instalaciones pero más aún en atención. Nos contaba Manuel que su lema era que la gente se sintiese como en su casa, y verdaderamente fue así, sobretodo, creo, porque había muy poca gente en el lugar y disponíamos de calma y espacio.

Antes de irnos obviamente teníamos que pasar por la península de Valdez, y el encanto se sentía ya a mitad de camino a la entrada. Por primera vez en el camino veíamos guanacos y choiques, de esos que después nos íbamos a cansar de ver e incluso de esquivar en la ruta, pero en ese momento era todo emoción y parar a sacarles fotos, y el inútil intento de acercarse. Seguimos adelante. La lobería de Punta Pirámide, Puerto Pirámide, y el coraje de meterse al agua helada en los piletones que se abren bordeando la costa hacia la izquierda del poblado. No era época de ballenas, así que fue un gran pendiente, una razón para volver.
Camino de regreso la moto empezó a levantar temperatura y tomé conciencia de un ritual que seguimos repitiendo mas o menos cada 1000 Km., completar el aceite que el motor consume. Pero de eso vamos a hablar mas adelante.
Al partir pudimos finalmente concretar la misión comenzada en Mar del Plata de conseguir un bidón de combustible, que para ser sinceros no hemos usado en demasía, pero sí nos salvó ya tres veces, saliendo de Ushuaia, llegando a El Chalten y en Tafí del Valle. Chau Puerto Madryn!





Comodoro Rivadavia / Rada Tilly

Aye tirando facha en Comodoro
Otra vez un flashback al pasado remoto. 26 años atrás había dejado la ciudad de Comodoro Rivadavia para sentar cabeza en Neuquen, pero por supuesto esto no fue decisión mía ya que tenía apenas 6 años y estaba recién comenzando la escuela primaria. Y aunque mi memoria no es buena, me quedaban ciertas imágenes de esas épocas, el jardín de infantes, la escuela N°1, el departamento donde viví, la peluquería de al lado. No estuvimos mas de una hora dando vueltas, pero alcanzó para revivir esa niñez de viento y de mar, para ver lo cambiado de algunos lugares y como otros siguen exactamente igual. Ejemplo de esto es la peluquería en la galería San Martín, donde me cortaban el pelo cuando chico, que esta exactamente igual, fue muy raro y me llevó a un pensamiento recurrente que es cómo puede alguien mantener una rutina durante tantos años... pero de eso no estamos hablando ahora.

Había que buscar lugar para acampar y nos recomendaron Rada Tilly y su camping municipal. Lo curioso de este lugar fue el primer encuentro con una pareja de ingleses, los dos viajando en una moto como nosotros solo que en vez de ser una Transalp '89, era una BMW GS1200 modelo 2013... pfff, no entienden nada de motos estos piratas. Llegaron al camping unas horas después que nosotros y se fueron una media hora mas tarde, los encontramos justo cuando salíamos a la ruta luego de cargar nafta, ellos a punto de hacer lo mismo. Así íbamos a cruzarlos en casi todas las estaciones de servicio, siempre nosotros un paso adelante, lo que mantenía una sonrisa en la cara de Aye para quien estos ingleses ahora eran su enemigo número uno, no nos tenían que pasar!
Playa de Rada Tilly


Comandante Luis Piedrabuena

Al llegar a Puerto San Julián, destino propuesto para esa noche, preguntamos por un lugar para acampar. El playero nos dijo que efectivamente había un camping allí, pero que mucho mejor era la Isla Pavón unos 150 Km. mas adelante, que otro clima, que mas verde, y mirando alrededor no era muy difícil que otro lugar sea mas verde, así es que seguimos viaje. Al salir a la ruta de nuevo vimos a los ingleses llegar. Siempre un paso adelante.

La Isla Pavón era de hecho un lugar mucho mas pintoresco que San Julián, el inconveniente es que llegamos un fin de semana y había mucha gente. Quilombo de chicos, muchos chicos, música fuerte, y si bien había uno que ponía La Renga o el Indio Solari, no había caso, la cumbia siempre lo tapaba. Cumbia, hasta las 2 de la mañana.
Fue aqui cuando sucedió, sin mayores preámbulos, que pinché el colchón. Sí señores, y no fue una espina, una aguja o chiquilinadas semejantes, no, yo le clavé un cierre, un tajo de un centímetro se abrió cuando me senté a lo bestia y el cierre de un bolsillo trasero de mi pantalón, que otras veces había caído de igual manera pero nos había perdonado la vida, esta vez no la dejó pasar y se hundió en el colchón inflable. Yo cansado de haber hecho casi 600 Km., de bancar la música y los pendejos, me sentía el mas boludo mandándome ese moco. "Bebé.. pinché el colchón" le dije a Aye en una mezcla fifty-fifty de incredulidad y bronca, y encima sin pegamento para poner el parche! Usamos lo que había, y lo que había era poxipol, que aunque yo le tenía poca fé, aguantó esa noche y un par mas hasta que conseguimos pegar bien ese parche. De ahí en mas, pantalón abajo antes de entrar a la carpa, lo siento mucho señores vecinos.